de Anna Lavatelli, Italia

Congreso internacional 25 años Torre de Papel, 2015

 

Buenos días con todos ustedes. Estoy honrada de participar en este convenio internacional y agradezco a la editorial Norma por la invitación, que me brinda la oportunidad de conversar sobre lo que más me apasiona, es decir la LIJ y su entorno, y en mas, visitar un País de América Latina que todavía no conozco.

 

Pero ya conozco un poco a su gente: tengo una amiga muy querida, también escritora, que vive acá, cuyo nombre es Irene Vasco, y un amigo de mi juventud, Danilo Rodriguez, que llegó hace años a Europa: ambos han sido para mí excelentes embajadores de la imagen de su País.

Así que, con algo de coraje y mucha confianza en la paciencia de este auditorio, quiero empezar esta charla abriéndoles mi corazón, contándoles con sinceridad algo sobre mi profesión de escritora.

Tengo que confesarles un par de buenos motivos que pueden justificar porqué decidí dedicarme a la literatura, motivos que he descubierto poco a poco en mi trabajo de toda una vida. Ya verán que no son nada rebuscados, sino pragmáticos, y se darán cuenta que la palabra ‘confesión’, que puse al principio de este párrafo, tiene un sentido muy autentico, literal.

 

Primero: cuando escribo pienso mejor y con mejores resultados. De esto me di cuenta desde el principio: el simple acto de estar sentada, en silencio, y tener todo el tiempo necesario para ponderar palabras, escogerlas, ponerlas en el sitio adecuado tiene el benéfico, inesperado efecto de alimentar mis procesos mentales. De una manera bastante misteriosa, la búsqueda de palabras apropiadas, pertinentes, oportunas, me brinda mejores opciones en el desarrollo de los acontecimientos que estaba imaginando y hasta me indica cambios de itinerario narrativo o me sugiere un rol más sugestivo de un personaje que yo había tomado como secundario.

Las palabras bien escogidas alimentan y estimulan la imaginación, me incitan y me empujan sin que yo me pueda dar cuenta. Es un proceso hermoso que no termina de fascinarme, y por esto lo sigo poniendo en práctica.

 

Segundo: escribir es lo que siempre me ha resultado más fácil y natural, desde el principio. Ensayos, reseñas, artículos… Esto no, esto me costaba y me cuesta hacerlo, incluso por perezosa. Pero lo de la ficción, lo encontraba tentador, o sea algo fascinante y ambicioso. Hubiera sido una insensatez no aprovecharlo. Sigo aprovechándolo desde hace mucho tiempo – ¡voy a celebrar mis treinta años con la LIJ justo el año venidero! – casi no me lo puedo creer. Como recuerda el titulo de mi ponencia , la pasión para la escritura me tomó de la mano y me llevó donde ella quería.

 

Ne pasado la mitad de mi vida dedicándome a la representación literaria de la vida, ya sea real o imaginaria: han sido años intensos, a veces agotadores (esta palabra tuve que sopesarla, pero es la más sincera), tan animados que me parece haber vivido más de una vida, igual que James Bond en una de sus más famosas películas.

 

Y lo curioso es que, sin programarlo ni pensarlo, siempre me han venido a la mente historias que se podían desarrollar desde el punto de vista del ánimo infantil y juvenil. Las ideas llegaban por su cuenta, sin ningún esfuerzo, y se presentaban a mi imaginación, como perros vagabundos pidiendo hospitalidad en el umbral de mi casa. Decidí dejar mi puerta siempre abierta.

 

Cuando trabajo una nueva historia, busco primero un protagonista que se encuentre en un momento crítico de su vida – porque esto genera situaciones más interesantes – y dejo que se enfrente a los casos que he pensado plantearle. Cabe precisar que un momento crítico puede ser cualquier cosa, no necesariamente algo trágico, pero sí algo que lo empuja a cambiar su punto de vista y su personal escala de valores.

 

Esto puede pasar por ej. a través del misterioso poder de las palabras de odio, como ocurre en la historia de ‘Cara de chancho’, donde dos chicos se pelean por gusto, o en el vacío de los afectos, como ocurre en ‘Ligera como una pluma’, donde una vieja señora piensa comprar la atención del resto para compensar de alguna manera su soledad.

 

Me refiero a estos títulos porque han sido publicados por Norma y ustedes ahora pueden encontrarlos acá. Sin embargo, he ido utilizando esta forma de narración en muchos de mis cuentos. Entre ellos, ‘¿Quién incendió la biblioteca?’, editado hace muchos años por Montena, donde los libros se vuelven detectives; ‘La abuela del cielo’, recién publicado en España, (El Patito ed.) que narra la muerte y presencia de un ser muy querido y ‘Un cuento para dormir que va a salir muy pronto en México (ed. 3Abejas), donde el regreso de un padre a su hogar se transforma en una increíble y divertida odisea, hasta llegar a un cierre inesperado.

‘Cara de chancho’ y ‘Ligera como una pluma’ tienen un elemento en común, que es el uso de un realismo mágico que no quiere introducir elementos fantásticos separados de la realidad, sino buscar metáforas de gran impacto emocional, que sirvan para ofrecer interpretaciones abiertas de la vida real y profundizar aspectos de nuestros comportamientos sin hacer   moralejas. Me gusta que el lector se deje llevar por la sorpresa y descubra de una forma más natural, a través de su inteligencia emotiva, lo mucho que hay por detrás. La metáfora es para mí un instrumento príncipe para trabajar situaciones conflictivas o afectivas de una forma que pueda tocar de muy cerca la sensibilidad de mis lectores. Sus imágenes fuertes, poéticas, impactantes entrando dentro de la narración de vivencias aparentemente comunes y corrientes (por ej. una pelea entre chicos, originada por gusto) dejan un rastro más incisivo en la mente y el corazón del lector, porque transforman lo cotidiano en epopeya (por ej. una anciana volando en una alfombra mágica sobre la ciudad a pesar de ser muy, muy gorda). Y yo creo que los jóvenes desean que alguien les ofrezca cuentos en los que la vida de cada uno aparezca por lo que les gustaría que fuese o que no saben que realmente es: una epopeya llena de desafíos y aventuras. Cualquier lugar, cualquier persona – en una situación aparentemente banal – puede generar historias muy animadas. Cada existencia es una gran aventura. Simplemente se trata de descubrir dónde se esconde. ¿Bajo la cama? ¿En el jardín del vecino? ¿Dentro del fólder del profesor?

 

Poco a poco, mientras escribo, la narración toma su forma propia, pasan cosas que no había pensado al principio, y la personalidad del protagonista o de los protagonistas – formándose en el camino – me ofrece nuevas ideas y me lleva adonde no pensaba ir.

 

Lo que más me apasiona, es imaginar cómo reaccionará mi ‘héroe’, el cual – como mis jóvenes lectores – está tratando de instalarse en este mundo, con escasa experiencia de la vida y pocas herramientas para entender lo que pasa, pero con muchísima ilusión de superar los problemas o las dificultades que están de por medio.

Mis personajes protagonistas son héroes cotidianos, o sea imperfectos, de manera que mis lectores puedan reconocerse en ellos, tanto en sus defectos como en sus virtudes, y descubrir que en un ser humano hay matices de sentimientos, y no bondad o maldad en blanco y negro. Alguna vez, por el contrario, he puesto ancianos (como en ‘Ligera como una pluma’), que son muy interesantes para explorar en un plan narrativo de LIJ, porque comparten parte de la inseguridad de los chicos, pero van en sentido contrario, ya que ellos, en lugar de ganar, están perdiendo lentamente la independencia: física, económica o social. Y además, hoy en día, les toca experimentar la obsolescencia del valor de sus conocimientos, en un mundo tan cambiante como el nuestro, donde un nieto sabe más de tecnología que su abuelo. Hay puntos en este camino hacia adelante y hacia atrás en que un niño y un viejo se pueden encontrar. Allí pueden nacer historias muy hermosas, donde aparecen personas que viven mirando al futuro con confianza, pensando que la palabra ‘fin’ significa en realidad ‘continuará todavía’, o ‘¿qué pasará después?’ o (en el caso de un epílogo triste) ‘¡habrá otra salida!’.

 

Por esto, como autora de LIJ, tengo la obligación de dejar siempre la puerta abierta a las interpretaciones del lector, para que crezca en su capacidad de reflexionar de manera autónoma, libre, personal y plantearse sus propios valores.

 

Las palabras pueden ayudar mucho en este proceso de inmersión virtual en la vida diaria que vivimos, sobre todo cuando están escritas en una hoja de papel o plataforma cualquiera, tomando forma literaria. La narrativa es el único medio que nos permite entrar con discreción y profundidad en la vida del resto, para ver lo que pasa, tratar de entender por qué tuvo que pasar así como lo cuenta el autor, reflexionar si hubiera podido suceder de una manera diferente, preguntarse qué cosa hubiéramos hecho nosotros en su lugar.

 

La discreción y profundidad que nos brinda la literatura, son valores básicos en la formación de un ser humano. Por esto es muy grande la responsabilidad del escritor, cuya entrega es ‘capturar’ la atención del lector y no proponerles una moraleja común y corriente.

La literatura tiene un compromiso importante en lo que podríamos llamar la ‘educación social’ de un joven, o sea en el desarrollo de su capacidad de ensimismarse en las vivencias ajenas y en el desarrollo de su propia personalidad. Por esto lo que es valioso en la LIJ es su libertad creativa. ¿Pero, qué es en LIJ la libertad creativa?

 

Yo creo que debe ser una creatividad bien medida, porque no hace falta contarlo todo, solamente lo que sirve para seguir adelante con la narración y entender el carácter de los personajes. El resto hay que dejarlo a la imaginación activa del lector, si queremos que siga explorando y no transformándose en un lector serial.

Igual que en la formación del gusto, saborear libros que hacen pensar y que nos dejan con interrogantes o curiosidades, ayuda a reconocer la calidad literaria y a disfrutarla.

 

Y también tiene que ser una creatividad profunda, porque un cuento tiene que justificar el comportamiento de sus personajes a través de sus acciones y reacciones, palabras y gestos, y esto se logra entrando en su personalidad, a través de la narración misma – diálogos, sobre todo – pero siempre tratando que los sentimientos no sean ‘exhibidos’, sino ‘sugeridos’ por la evidencia de los acontecimientos. Un cuento es un cuento y no un manual de buena educación, ni un decálogo moral. Un buen escritor no enseña, muestra. Y por esto ponderar las palabras es, para mí, el mayor reto de mi trabajo, una prueba de valor.

 

Cuando era niña – hace siglos – pensaba que las palabras eran mágicas, y no solamente porque leía cuentos donde brujas y hadas tenían sus abracadabras y los ladrones del desierto su fórmula para abrir cuevas llenas de tesoros inmensos. Estaba convencida que mi idioma, el italiano, era mágico también y que hablando muy despacio, deletreando las palabras, yo podía conversar con quien fuera: franceses, rusos, americanos… hasta con extraterrestres…

 

Con mi niñez a las espaldas, tan lejana que de ella tengo solo recuerdos borrosos, sigo pensándolo todavía, aunque con una visión más adulta del tema. La magia de las palabras existe, hoy en día, el problema como siempre es que no logramos darnos cuenta de la influencia increíble que tiene en nuestra vida, justo cuando no nos damos cuenta, como pasa con lo subliminal de los comerciales o con insultos y palabras de odio que escuchamos repetidamente en nuestro entorno. Tendríamos que manejar con más cuidado las palabras, incluso las del amor, que también deben ser economizadas para no desperdiciarlas y dejarlas sin valor.

 

El peso de las frases que pronunciamos es un tema que atraviesa todas mis obras, y que ha tomado su forma ideal en uno de mis libros, publicado por Norma: ‘Cara de chancho’. Un título que llama la atención y da risa, y que, con un uso bien balanceado del humor y de la ironía, revela al lector todo el poder de las palabras.

 

En ‘Cara de chancho’ un insulto se convierte en realidad. Diego, el protagonista, se asusta al descubrir que el compañero insultado ahora está enfermo porque tiene una cara de chancho. Al principio va buscando soluciones que no involucren su propia responsabilidad, hasta cuando empieza a sentir pena por el otro, y a desear que se sane pronto. El cuento es obviamente una metáfora, que no ofrece explicaciones, solamente la opinión del protagonista, que por supuesto no es – no tiene que ser – la única respuesta posible.

 

Y aquí, justamente encontramos un personaje secundario muy importante: la anciana que vive en la casa en cuya pared exterior Diego escribe su insulto.

Este personaje nació al principio por necesidad narrativa, porque necesitaba que el protagonista creyese que – siendo vieja y con una escoba en la mano – ella fuese responsable de la metamorfosis del niño en chancho. Pero se reveló muy útil como instrumento de cambios en la vida emocional de Diego.

Esta ‘vieja lista’ – como la llama el protagonista – actúa como si fuera su conciencia, pero de una forma indirecta y alusiva, sin hacerle recriminaciones, sin pedirle explicaciones de nada, sin darle sermones… De esta manera ayuda al niño a buscar sus propias soluciones, y a crecer por dentro. Y en un momento de pena auténtica, Diego actúa de una forma instintiva: hace lo que le dicta su corazón y soluciona su problema. Pero no sabe explicar cómo pasó, sigue creyendo en la magia de las palabras (en este caso, palabras de amistad), que al final es un descubrimiento magistral, aunque ingenuo, del poder que se esconde en la comunicación humana.

 

Igual pasa en ‘Ligera como una pluma’ en apariencia un cuento infantil divertido, que pone de manifiesto el problema de la soledad, que a veces afecta los seres humanos de una manera muy grave. La señora Gordoso es tan una obesa que no ya logra salir por la puerta de su casa, y su casa es ahora su prision. Es una situación cómica, que puede dar risas, y sin embargo las provoca. Pero si se realiza una lectura profunda, pueden encontrarse sentimientos mucho más complicados.

La señora Luciana Gordoso es una mujer soltera, sin hijos y jubilada, que siempre fue gorda, pero que al dejar de trabajar siguió engordando hasta no poder salir de su casa. Ella vivía en ese edificio desde mucho antes de jubilarse, ¿por qué entonces nunca tuvo una relación de buena vecindad? ¿Por qué nunca tuvo amigos? Esto tiene que imaginárselo el lector, pensando en su propia vida o en las vivencias de su entorno.

Cuando debe afrontar su soledad y la discriminación de sus vecinos ¿qué hace? compra la compañía de algunos individuos que, por interés y comodidad, le brindan su presencia física. Ella les compra la mercadería que ellos venden. Y se engaña a sí misma para ocultar su baja autoestima, aquella que nunca le permitió relacionarse con los demás. Tampoco tiene una buena relación con su hermana, quizá porque ella la enfrenta con su realidad y no le acepta ninguna forma de soborno. Hasta que llega un niño que no se aprovecha de esa circunstancia y le muestra lo que verdaderamente es la compañía desinteresada y por amistad, donde se da y se recibe por igual. Y aquí entra el realismo mágico del cuento, que es la imagen de la protagonista que vuela libre y feliz en una alfombra marroquí que el niño le regala. Pero el cuento no explica lo que pasó entre el niño y la vieja, solo muestra sus comportamientos… En realidad, la mayoría de las cosas que pensé mientras escribía – y que les conté ahora – no están allí, porque me parecía justo que el lector pudiera reflexionar por su cuenta, ponerse sus propias preguntas y encontrar sus propias explicaciones.

 

Por esto es muy importante contar cuentos sin ser didácticos, sin mentirles a los niños enseñándoles que todo siempre acaba bien, que no hay malos o males que no se puedan combatir o ‘convertir. El bondadoso ‘happy end’ es una tentación, un cierre muy grato para los adultos, pero es mucho más honesto (y más ético) buscar soluciones alternativas, que logren este objetivo pero de una forma más natural, tal como pasa en la vida real.

Un buen cuento debería ayudar a comprender que una derrota, un fracaso, una interpretación parcial de un hecho, pueden ser experiencias que nos conduzcan a crecer y mejorar. El escritor de LIJ tendría que ofrecer la esperanza de una salida más allá del ‘final feliz’ y encauzar al lector para que desarrolle la capacidad de plasmar su propio futuro y buscar sus propias soluciones. Este es mi reto constante y también mi satisfacción, cuando un cuento me sale bien.

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