Supe de la casa Matusita durante una de mis primeras estadias en Lima, en los años ochenta. Julio (mi esposo) y yo viajabamos al Perú en temporada de vacaciones y nos quedabamos en Lima muy poco tiempo, así que los parientes se esmeraban por tener la oportunidad de invitarnos. Todos los dias teniamos un compromiso y un programa fijo: comida y sobremesa. Estas reuniones interminables, donde aprendí muchas cosas del Perú y de su gente, siempre terminaban con historias de fantasmas y eventos sobrenaturales. Alguien, en algun momento, habló de casa Matusita, y el dia siguiente, al pasar en carro por la avenida Garcilazo, Julio me enseñó la casa. Me enamoré de este mito urbano, se me quedó clavado en la memoria. Y me sorprendió descubrir que ningun escritor hubiese intentado sacar un cuento de este monumento del terror, parado en el corazón de la ciudad y pidiendo a gritos el derecho de un homenaje literario. ‘Algun dia lo haré yo’, le prometí a la casa Matusita. He cumplido con mi promesa. ( a partir de los 15 años).

Incipit:

“Fué por culpa del verano, que en la ciudad seguia tan resplandeciente y apacible. Saliendo de los patios florecidos de la Universidad San Marcos, sumergido en la luz dorada de la tarde, un dia Ricardito se fue como siempre caminando hacia Washington, mochila en la espalda y un libro bajo el brazo. A pesar del trafico, le gustaba mucho bajar por Roosevelt , quedarse un rato en el centro civico, tomar un cafè o una inka cola, asomarse al parque Alarco para gozar con su verdor esuberante y rebelde, injerto de paraiso terrestre en el corazon cementificado de la ciudad. Un placer mas intenso para alguien que como él habia nacido en mi Mocupe, entre los matorrales de una triste llanura sin color. Se demorò largo tiempo a leer bajo la capa verde esmeraldo de un ficus benjamina y un gato negro de ojos oscuros vino a acurrucarse entre sus piernas y su mochila, lindo felino amante de la literatura. Cuando mi hijo levantò la cara, el gato se habia ido y el dia estaba yendose también.
Al cruzar la avenida Gracilaso para regresar a su casa, justo en la esquina con España, mi hijo viò de nuevo el gato deslizandose en un portón. Sin pensarlo, cruzò el umbral. El ambiente estaba medio a oscuras, olia a mugre, a tufo, a tristeza y abandono. Habia una escalera en el fondo, iluminada por un farolito de luz muy debil, temblorosa como la llama de una vela. El farol proyectaba en las paredes sombras mobiles, deformes y doloridas que a Ricardito le hacian recordar las pinturas que habian en nuestra iglesia, representando el Infierno. Estaba por dar marcha atràs, medio asustado, cuando una voz muy debil le murmullò:
‘Hola.’.
Una joven habia aparecido en el umbral, como de la nada. Una china delgadita, de tez blanca como la nieve, ojos negros, mirada abrumadora. Por la sorpresa a mi hijo le cayò el libro en el piso. Ella se apresurò a recogerselo.
‘Un lectòr – musitò. – Que cosa tan rara. – hablaba bajito, suavemente, casi sin mover los labios. Todavia tenia el libro en sus manos palidas, casi transparentes, como si no quiesese soltarlo. Mirò la caratula y continuò: – José Maria Eguren. Mi poeta preferito. – Levantò la cabeza. Su larga melena resplandecia de matices azul oscuro. – Unos poemas me los sé de memoria.’.

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