Bogotà, Maraton del Cuento, 2011

Estoy segura de que todo empezó en mi niñez, gracias a mi padre, Antonio, que leía para mí las maravillosas aventuras de Pinocho, con su voz llena de matices, con su entrega entusiasta y total. Y gracias a mi abuelo, Angelo, que me contaba sus vivencias de soldado en las orillas del Piave, el llamado ‘río de la Patria’, en los años terribles de la Primera Guerra Mundial. Y también gracias a mi abuela, Felicina quien, desplumando pollos en el patio de su chacra, me contaba la antiguas leyendas populares de nuestro mundo campesino, que ella se sabía de memoria.

Por esto, cuando empecé a leer por mi cuenta, ya había descubierto el poder maravilloso de la literatura. Los autores de los cuentos que leía fueron entonces para mí otros padres y abuelos, capaces de llevarme con sus narraciones a mundos fantásticos, en los que era posible emocionarse, llorar, enfadarse, espantarse, gozar, hacer experiencias de vida… Un mundo amplísimo se abría delante de mis ojos y para conocerlo no hacía falta un avión, un tren, un barco de vapor. Solo hacía falta un libro que contara una buena historia, una silla donde acurrucarse a leer, un poco de silencio alrededor. Al fin y acabo, el más barato de los esparcimientos que nos ofrece la vida. Con garantía de no aburrirse nunca, porque no hay cuento que se parezca a otro.

Fue por eso, creo (o tal vez no, porque nadie conoce el origen más profundo de sus amores), que una vez adulta decidí dedicarme a la literatura juvenil. Todo empezó por azar, pero yo estaba lista sin saberlo. En mi caso, es algo relacionado con dar a luz y ahora van entender por qué. En marzo de 1980, yo estaba embarazada, esperando a mi primera hija, y me aburría de una forma horrible. No podía salir mucho a la calle, no podía trabajar por culpa de mi barriga descomunal. Un día, desesperada, me senté en la mesa y escribí un cuento.

Este pasatiempos me cayó bien y decidí seguir adelante. Los últimos dos meses de mi embarazo los pasé escribiendo. Aunque todavía no sabía lo que me iba a deparar mi futuro profesional, una cosa la tenía bien clara: si fuera escritora, trataría de hacer lo mismo que mi padre y mis abuelos habían hecho para mí. Mi experiencia personal demostraba que solamente durante la infancia es posible formar el hábito lector del adulto, solamente allí se realiza el nacimiento de un lector cabal. Si me gustaba escribir, entonces yo quería dedicarme a los jóvenes. Esto me pareció desde el principio un reto por el que valía la pena intentarlo todo.

A distancia de más de dos décadas, sigue fascinándome la idea que, gracias a alguno de mis cuentos, una muchacha o un muchacho pueda enamorarse de la lectura para siempre. La lectura —aunque no nos vuelva más ricos, más guapos o más famosos— nos ayuda a vivir cultivando interés en las vivencias del ser humano. Y tengo fe que pueda también mejorarnos como personas, hacernos madres y padres de familia más sensibles, ciudadanos más responsables y cooperativos.

En lo personal, dedicarme a escribir me ha deparado un profundo bienestar del alma que casi me atrevería a llamar felicidad. Tengo historias que contar y hay quienes quieren leerlas. Qué más puedo pedir, mi deseo de comunicar a través de la ficción está satisfecho. Y si ahora miro hacia atrás, al recorrido ya bastante largo de mi vida, me parece que todo lo que he hecho, todo lo que me ha ocurrido —aparentemente casual o incoherente— tenía este fin como destino, que yo fuese escritora, que me dedicara a formar en los jóvenes el placer de la lectura.

A veces pienso que también mis lejanos estudios de Filosofía me permitieron alejarme de mí misma e imaginar pensamientos y sentimientos de personas que en mi vida real podrían tenerme sin cuidado y que en cambio resultan muy interesantes para explorar en el contexto de una narración. También la docencia me valió muchísimo, sobre todo para estar al día con el mundo de valores en que viven los chicos, con su forma de juzgar las cosas, con sus prioridades tan diferentes de las nuestras y también con sus sueños, deseos, pensamientos. En una frase: sus esfuerzos para buscar una identidad, un rol en esta vida, y —más importante aún— una forma de equilibrio y bienestar a su medida.

Esto no significa en absoluto conformarse con la realidad de lo que pasa a diario. Significa, al contrario, hacer un esfuerzo para reproducirla con sinceridad literaria (o sea con algunas razonables mentiras), de manera que las vivencias reales tengan un sentido más completo, más inteligible, cerrándolas dentro un cuento donde se encuentren las claves para entender lo que está pasando.

Las claves de su literatura, al principio, las pone el autor: son sus esfuerzos para empujar los protagonistas hacia su destino, el motivo por el cual ha decidido escribir este cuento y no otra cosa. Pero también son sus esfuerzos para adaptarse a lo que los protagonistas le piden que pase, por amor a la verosimilitud de sus actos, tratando de hacerlo sin perderse dentro de su propia historia, sin olvidar los sentimientos con los que empezó a escribirla, sin traicionar la sinceridad de su entrega inicial. De esta lucha entre la voluntad del autor y el carácter de sus personajes (que él mismo ha forjado, aunque poco a poco vayan tomando vida propia) sale un cuento, que resulta al final bueno o malo. Pero la pregunta es: ¿cuántas de estas claves tienen que ser visibles y cuántas ocultadas al lector?

Creo que un autor, que respeta la inteligencia de sus lectores y valora su capacidad de entender las cosas por su cuenta, nunca declara abiertamente sus claves de escritura, o sea los motivos por los cuales su novela sigue una u otra dirección, las razones por las cuales sus personajes son como son y hacen lo que hacen. Siempre hay que garantizar al lector una posibilidad de interpretación, una toma angular de las cosas, de manera que el cuento se enriquezca con las interpretaciones de cada uno de sus lectores. Cuando el lector es muy pequeño, las ilustraciones se hacen cargo de esto.

La clave que puedo declarar abiertamente es mi voluntad de enseñar la belleza de la literatura. Enseñar, en el sentido de la origen latina de la palabra: in signum, es decir, poner dentro de un niño un interés hacia los libros, una curiosidad que les ayude a desarrollar su propio gusto literario. Los chicos son lo que tenemos más precioso, más importante. Ellos son nuestro futuro. Los escritores que se dedican a enamorarlos de la lectura, a través de la narración, hacen un trabajo muy importante, igual que los escritores que se dedican a los adultos, o tal vez más. En ambos casos hay buena y mala literatura: dependiendo si el fin es la narración o la persuasión, si el autor se pone al servicio de la historia que está contando o hace que la historia le sirva como pretexto para otro fin.

Por eso yo no quiero poner ‘mensajes’ dentro de mis novelas. Los mensajes se envían por e-mail , se suben a Facebook, a un blog, se publican en un periódico, se repiten en voz alta en los convenios. Los mensajes, dentro de una novela, son casi siempre una forma no muy correcta de propagar ideas o modas, o de presentarse el autor mismo como gurú, como amauta, como un ‘sabelotodo’. Esto, a veces, es bueno para las ventas, pero siempre malo para la literatura. Suficiente con que los niños se entretengan con cuentos, que lo pasen bien con sus libros. Lo que les queremos enseñar es la maravilla de la literatura. Nada más que ello.

Y a este punto, regresemos otra vez al latín, al origen de la palabra pretexto: prae – textum, que significa antes de escribir un texto. Mi opinión es que los pretextos a veces pueden ser dañinos, por ejemplo, cuando nacen más allá de la llamada inspiración para buscar primero temas y valores, la paz entre los pueblos de la tierra, la amistad entre personas de distintas culturas, etc. Son temas y valores muy importantes, pero una narración honesta y una inspiración sincera nunca empiezan por categorías abstractas de ideas. El autor tiene que buscar primero algo que le llame la atención, algo concreto, de carne, sangre y huesos. De estos pretextos, de los míos por lo menos, les quiero conversar ahora, con unos ejemplos que espero encontrarán entretenidos. Señoras y señores, pónganse cómodos: aquí va el cuento de mis cuentos (por lo menos, de algunos).

 

Faccia di maiale (Salani ed.) / Cara de chancho (Norma ed.)

Al salir una mañana a dar un paseo, descubrí que alguien, durante la noche, había escrito en el muro, frente a mi casa la siguiente frase: ‘Luisito es un idiota’. Primero pensé que el idiota número uno era quien había escrito en el muro. Enseguida pensé el motivo por el cual el tipo había decidido poner allí toda su rabia, a vista y paciencia del resto. Alguna razón estúpida, seguramente. Una pelea en el colegio por una tontería sin la menor importancia. Después pensé en la reacción de Luisito al pasar y notar la frase en el muro. Y el malestar de sus familiares si, por casualidad, también tuviesen que pasar por allí. En fin pensé al motivo por el cual no tolero a la gente que escribe en los muros. Y me acordé que mi padre —que era adolescente durante la Segunda Guerra Mundial— me contó del odio que pueden sembrar algunas palabras escritas en los muros: ‘Muerte a los judíos’, por ejemplo. Nadie ignora lo que pasó después y cómo terminó el asunto. Allí le agradecí al niño travieso que había escrito la frase en el muro, allí comprendí que tenía entre mis manos un excelente tema para contar. Así me salió el cuento Cara de chancho, en el que un insulto se convierte en realidad: las aventuras de un chico que se enferma por culpa de una palabra de odio y se sana a través de una palabra de amistad. Un chico con cara de chancho es una tragedia que puede recordar a las maldiciones de los dioses antiguos, pero yo encontré la forma de contarlo de una manera irónica, hasta divertida. Y el resultado ha sido un elogio de la palabra, el invento más grande del ser humano.

 

Ossi di dinosauro (Piemme ed.) / Huesos de dinosaurio (SM. Perú ed.)

Decidí escribir este cuento a raíz de la noticia de un descubrimiento que tuvo lugar en el desierto de la Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Plaza Huincul. El primer dinosaurio (gigantosaurus caroliniensis) fue descubierto por el paleontólogo José Bonaparte, gracias al hallazgo casual de un fémur fósil que un campesino encontró en su chacra.

Quedé fascinada por el mundo de los dinosaurios y por la casualidad del descubrimiento (aunque nada se descubra completamente al azar). De pronto me encantó la idea de que el descubridor pudiera ser un chico o una chica. Mientras estaba trabajando la trama, pensé que un perro podía ser un descubridor más adecuado. ¡Los perros saben de huesos más que nadie! Y así nació la inteligente Canela.

Pero todavía me faltaba algo, una razón para darle un valor sentimental al hallazgo, para que a mis lectores les gustara más la historia. Una lucha contra la injusticia en la que dos chicos valientes pudieran salir ganando, por ejemplo. Y fijándome en los perros en general, y sobre todo en la perrita Canela, en sus narices formidables para detectar olores, se me ocurrió también pensar que las personas malvadas puedan oler mal, que sus malos pensamientos tengan olor a abono o a papa podrida. Así nació Pepe Cruz Malvado con su pestilente arrogancia. Su molesta y incomparable maldad me ayudó muchísimo a mejorar el cuento. Porque los malos son antipáticos, pero sin ellos —a veces— los cuentos no salen bien.

 

Il sasso sul cuore (Einaudi ed.) / Los gatos no tienen siete vidas (Norma ed.)

Al leer Vergogna (Vergüenza), una novela estremecedora de Coetze, que profundiza en los sentimientos del arrepentimiento y la vergüenza, me acordé de un hecho ocurrido en mi pueblo. Cuatro amigos, que se conocían desde muy pequeños, salen una tarde para ir a la discoteca. Al regresar ocurre un accidente muy grave. Todos se salvan, pero uno de ellos, que estaba sentado en el asiento de atrás, termina en silla de ruedas, para siempre, totalmente paralizado. El amigo que estaba manejando se siente culpable (tal vez lo era, solo él lo sabe): lo que le duele más ahora es que la familia del otro no le perdona ni le permite visitar al amigo enfermo.

En ningún momento pensé en contar una historia tan dura, pero el arrepentimiento se da en la vida diaria, es un sentimiento que todos compartimos, incluso los chicos. Y hay una nobleza en el arrepentimiento, cuando es sincero, que yo quería contar. Me salió una novela ágil, directa, hasta un poco divertida, a pesar de sus matices de humor negro y de crudo realismo.

El tema es sencillo. Los padres de Diego le han regañado por haberse portado mal con su hermanita menor. Para descargar su mal humor, Diego va al campo que hay delante de su casa y lanza una piedra en una zanja. Dentro había un gato al acecho. La piedra le cae encima y lo mata de un golpe. Así empieza el vía crucis de Diego, tras descubrir que sin quererlo mató al gato de Blanca, su mejor amiga, su amor secreto.

Mentir es lo primero que Diego piensa para salvarse. Hacerse el desentendido con Blanca, cuando ella le cuenta que su gato desapareció durante el fin de semana.

Pero todas sus mentiras, todos sus silencios terminan estrellándose contra la dura verdad. Entonces va a contárselo todo a Blanca y a pedirle perdón por haberla engañado. Diego sabe que no va a ser un perdón fácil, que tendrá que ganárselo y que no llegará pronto. Este va a ser su castigo, que él acepta, como el protagonista de Vergüenza, y tal vez, como el chico del accidente que les conté.

Esto es todo, o por lo menos todo lo que he logrado decirles con poco menos de las 2.500 palabras que me pidieron utilizar, y con mucha, mucha sinceridad, ya que pongo todas mis mentiras en mis cuentos, con el fin de lograr que resulten más entretenidos. Gracias por escucharme hasta la palabra fin.

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